El feminismo indígena en Latinoamérica y sus principales figuras de referencia.

                El feminismo indígena, manifiesta contraponerse al feminismo eurocéntrico, al cual acusa de no tener en cuenta las particularidades de raciales o de clase social de la mujer latinoamericana, particularmente indígena, para primar el concepto de la experiencia de la mujer de raza blanca. Éste es un ejemplo de la fragmentación del movimiento feminista, que ocurre cuando cada colectivo geográfico o estructural siente como únicamente válidas sus pretensiones, denostando en parte las que le son comunes a la colectividad universal a la que pertenece.

                Hay que reconocer, no obstante, que ese sentimiento de afrenta y de particularidad, no es ajeno a las considerablemente peores condiciones de disfrute de derechos y oportunidades, que respecto del hombre, se mantienen en Latinoamérica.

Hay que hablar sin duda alguna de como el sexismo, al igual que el racismo, intentan naturalizar las diferencias de género y en base a ellas, explicar la existente desigualdad social, como si de un hecho natural se tratara, despojando a tales relaciones de la capacidad humana de cambiar el curso de los acontecimientos.  Un sexismo que violenta y cosifica a las mujeres, y que para las mujeres latinoamericanas, indígenas o no, supone la más importante y esencial problemática de género.

                Es la identificación de la mujer como objeto sexual, junto a la discriminación agravada por motivos raciales o étnicos, el que coloca a la mujer indígena latinoamericana en ese estadio de enfrentamiento con el movimiento feminista universal. Es el punto de vista propio y no el deseo de igualdad, lo que diferencia ambos movimientos, siendo el indígena más identitario al basar su razón en el mantenimiento de la ordenación social de la colectividad como parte de su ideología.

                ¿Debe primar entonces un feminismo sobre otro? No, en absoluto, ya que en cierto modo, el feminismo colectivista debería ser entendido como el tipo de organización en la que libremente se integra una mujer, que primero se ha de sentir libre y totalmente igual al hombre.  Es quizás la propia dificultad real para conseguir esto último, la que hace que el movimiento colectivista surja con fuerza, pues permite alcanzar un avance intermedio en el seno de sociedades que continúan siendo ejemplos de patriarcado arcaico. No es menos cierto por otra parte que, la particular forma de entender la supervivencia como mujer en las comunidades originarias e indígenas, en la que la colectividad se aleja de la propia liberación individual de cada una de ellas como un estadio intermedio obligado por la presión de una cultura, que como se ha mencionado, recala íntimamente en el patriarcado y que ofrece una colosal resistencia al avance del feminismo.

                El feminismo indígena, al que podemos denominar desde España como latinoamericano, no se identifica asimismo en tal modo, siguiendo a una corriente descolonizadora que identifica como origen de los males la imposición violenta del sistema colonial a los pueblos originarios, y para el que la adopción de tal denominación prolongaría dicha percepción del transcurso histórico.  Dicho movimiento, descrito como feminismo comunitario en base a sus necesidades, denuncia también como principal escollo hacia el avance de la mujer, la existencia de un ancestral patriarcado que intenta basar su supremacía en fundamentos esencialistas y étnicos.  Este mencionado patriarcado, es denominado también “entronque patriarcal” para describir el resultado de la unión del patriarcado importado a las colonias con aquel patriarcado endémico u original, y se haya en la base de las situaciones discriminatorias contra las que el movimiento se desarrolla.

                Por lo expuesto es especialmente destacable la figura de Rosario Castellanos (Ciudad de México, 1925 – Tel Aviv, 1974), autora de “El eterno femenino” entre otros títulos, y figura imprescindible del feminismo mexicano, que entraña en ella misma la dualidad de la mujer de origen europeo que retrata abiertamente la injusticia de la comunidad  indígena, y por ende, de la mujer mexicana.  Su contribución, imprescindible para remover pausada e inexorablemente las actitudes hacia la mujer en México, sirvió como uno de los primeros tramos de un largo y dificultoso camino por recorrer hasta alcanzar una igualdad real entre hombres y mujeres.


Comentarios